Marta
Nuria Márquez Aunión · Colegiada
nº 581
30 días de Fisioterapia · Nº 17
· Mayo 1999
Uno de los
problemas más acuciantes del
panorama de la Fisioterapia en
la actualidad es, sin duda, el
intrusismo profesional.
"La culpa es del Gobierno",
excusa utilizada con demasiada
frecuencia en bares, pubs y
zonas de tertulia.
"Es que los de la vieja escuela
lo acaparan todo"... otro
lamento.
"Es inútil, la ley los ampara".
Y la frase que más me gusta:
"Esos quiromasajistas -dicho
en un tono altamente despectivo-
son unos...."
Nos olvidamos de que esas
personas (por que también lo
son) sólo están luchando por
abrirse camino, y tal vez lo
consigan, simplemente porque son
más listos que nosotros.
Obtienen un título y lo
enarbolan con orgullo. Convencen
a la opinión pública de que esa
cartulina les acredita para
curar sus males y hacerles
sentir mejor. Sin miedo, abren
un gabinete y se ponen a
trabajar: solo con un papel
mojado enmarcado y... sus manos.
Una anécdota:
El otro día me vino una
paciente, casi arrastrada por su
cuñada. Dudaba, no sabía si
quería ponerse en manos de un
fisioterapeuta otra vez. Ya
estaba escarmentada de ellos.
Cuando acudía a uno por su dolor
de espalda, no hacían sino
pasarla de una máquina a otra y,
la verdad, salió mucho mejor del
masaje de su esteticista.
¿A quién debemos culpar en este
caso? ¿A la esteticista? Ella
advirtió a su "cliente" que no
era fisioterapeuta, que sólo
podía relajarla. ¿A la paciente?
Una mujer que acudió a varios
profesionales sanitarios para
solucionar su problema de salud
y se encontró en su lugar con un
montón de "chismes" que no
supieron proporcionarle ayuda.
¿Al Gobierno? ¿A los
quiromasajistas? ¿A quién?
Revisemos nuestra actitud. Quizá
debamos dejar de descalificar
exclusivamente y comenzar a
competir con los intrusos,
demostrando simplemente lo que
nosotros ya sabemos: que somos
los profesionales cualificados y
capacitados para el tratamiento
mediante agentes físicos.
Las máquinas son accesorias, hay
que darlas el valor que se
merecen, pero pueden hacernos
mucho daño. Ellas no perciben si
el paciente está inquieto,
confiado, tenso, no pueden
transmitir calma ni ofrecer
seguridad. Empecemos la lucha
por reivindicar nuestras manos.