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Marta
Nuria Márquez
30 días de Fisioterapia · Nº 5 ·
Mayo de 1998
Cinco
de la tarde, consulta de mi
psicoanalista:
-"Doctor, míreme, soy bajita,
delgaducha, tengo aspecto y voz
infantiles. El problema no es mi
imagen, sino el escepticismo que
provoca cuando afirmo que soy
fisioterapeuta".
Mi psicoanalista pregunta con
sorpresa: ¿Fisioterapeuta?
Cuando entre el grueso de la
población se menciona la palabra
Fisioterapia, se evoca la imagen
de un hombre, de mediana edad,
fuerte y con brazos de acero.
Entonces aparezco yo, cargando
con un vitae repleto de cursos
buscando mi primer empleo.
La persona que atiende la
recepción de un local cualquiera
me observa de arriba abajo por
encima de las lentes
progresivas.
-"La entrevista ¿no? Segunda
puerta a la izquierda".
Camino con dificultad por el
pasillo, no acostumbro a usar
tacones; procuro acordarme de
que llevo medio kilo de rímel y
otro tanto de laca para evitar
tocarme la cara y el pelo.
El vitae (bastante engrosado,
por cierto) provoca gestos de
asentimiento en mi
entrevistador. Me mira, cruza
las manos, se adelanta sobre la
mesa:
-"Así que has acabado la carrera
esta año ¿no?"
Asiento.
-"Pero tienes experiencia en
ancianos ¿no?"
Asiento. Ahora viene "la
pregunta":
-"¿Qué edad tienes?"
Ya en casa me quito la gruesa
capa de maquillaje y el moño,
inútiles en su función de
hacerme parecer más mayor, más
fisioterapeuta.
Pasa el tiempo y sigo cebando mi
vitae con cursos y horas de
voluntariado, casi necesito una
carretilla para desplazarme a
las entrevistas, pero yo no he
crecido ni engrosado mis brazos.
¡Por fin consigo mi primer
empleo! Ahora solo me quedará
soportar los comentarios y las
preguntas inquisitivas de mis
pacientes:
-"Pero... si yo creía que eras
la auxiliar".
-"¿Y dices que son tres años de
carrera?"
-"¡Ay!... ¡Y parecía que no
tenías fuerza!"
Me miro en el espejo. Llegará un
día en que no necesite alimentar
con retórica mi vitae, pero
pasará mucho tiempo antes de que
deje de pedir perdón por ser
joven, pequeña, mujer y
fisioterapeuta. |